Las consecuencias negativas asociadas a adicciones en la adolescencia afectan a muchos aspectos diferentes de la vida de una persona. Estas consecuencias son muy diversas, pero podemos dividirlas en dos grupos.
Salud: adicciones en la adolescencia origina o interviene en la aparición de diversas enfermedades, danos, perjuicios y problemas orgánicos y psicológicos. Hepatitis, cirrosis, depresión, psicosis, paranoia son algunos de los trastornos que adicciones en la adolescencia produce y pueden llegar a ser fatales.
Social: Cuando se comienza adicciones en la adolescencia, la persona ya no es capaz de mantener relaciones estables y puede destruir las relaciones familiares y las amicales. Adicciones en la adolescencia puede provocar que la persona deje de participar en el mundo, abandonando metas y su vida gira en torno a adicciones en la adolescencia destruyendo lo que lo rodea. También se ven afectadas las personas que rodean al adicto adicciones en la adolescencia, especialmente las de su entorno más cercano, como familiares y amigos.
Bajo rendimiento en el trabajo o en el estudio: Se llega al grado de abandonar metas y planes, recurriendo a adicciones en la adolescencia como única "solución".
Consecuencias económicas: El uso de adicciones en la adolescencia puede llegar a ser muy caro, llevando al adicto a destinar todos sus recursos para mantener el consumo, incluso a sustraer los bienes de su familia y amigos.
En la actualidad existen tratamientos capaces de superar el problema de adicciones en la adolescencia. Continúe leyendo la siguiente sección para aprender cómo superar adicciones en la adolescencia.
Como superar las adicciones en la adolescencia
Existen diversos centros de rehabilitación y muchos tipos de tratamientos para adicciones en la adolescencia. Elegir los adecuados, siendo este para uno mismo o para un ser querido, es sumamente importante ya que va a determinar la recuperación de una vida normal y saludable para la persona que sufre de adicción.
Recuperase es posible y se los podemos demostrar con testimonios en el que personas iguales a vos lo han superado con tratamientos de rehabilitación en clínicas. Estos testimonios están vasados en historias de vida reales y han hecho la rehabilitación en la institución andenes.
Eduardo: "Soy el ejemplo perfecto para aseverar que el alcoholismo es una enfermedad progresiva. Mi carrera alcohólica empezó a los 16 años. Aparte de sentir placer al tomarme unos tragos me di cuenta que el efecto que me producía el alcohol era muy grato al sentirme menos tímido y con más valor para todo.
Fui un buen estudiante tanto en el colegio como en la universidad terminando mi carrera de Ingeniería a los 21 años. Me casé y tengo 3 hijos. Trabajé en una compañía en la que llegué tener a mi cargo alrededor de 600 personas, siendo una persona de éxito profesional y de buena situación económica.
Sin embargo, a partir de los 35 años deje de ser un bebedor social para convertirme, sin darme cuenta, en una persona que todo lo hacía pensando en función del alcohol, llegando a consumirlo prácticamente todo los días al llegar a la casa después del trabajo.
Posteriormente cuando estuve trabajando en un negocio familiar y después en uno propio ya mi consumo empezaba con el jugo de la mañana y terminaba con el traguito de las buenas noches habiendo consumido durante la jornada entre 1 a 2 botellas de pisco, ron o whisky. Al llegar a ese extremo se convirtió mi vida en un sufrimiento ya que no podía dejar de consumir así lo quisiera viéndome atrapado en las garras del alcohol.
Posteriormente cuando estuve trabajando en un negocio familiar y después en uno propio ya mi consumo empezaba con el jugo de la mañana y terminaba con el traguito de las buenas noches habiendo consumido durante la jornada entre 1 a 2 botellas de pisco, ron o whisky. Al llegar a ese extremo se convirtió mi vida en un sufrimiento ya que no podía dejar de consumir así lo quisiera viéndome atrapado en las garras del alcohol.
Mi esposa, a la que había vuelto codependiente, al ser el alcoholismo como un huracán que arrasa a todos los que viven junto al alcohólico, venia asistiendo a su grupo de Al-anon (grupo de codependientes) me insistía a que fuera a una reunión de alcohólicos anónimos.
Asistí y me gustó. Fui unas cuantas veces pero después mi padre enfermó y deje de ir; no había tocado fondo. Al poco tiempo el falleció y comencé a beber. Fueron 45 días de espanto, parecía que me quería autodestruir hasta que un día estando con mi hermano le dije: "Estoy harto de esto, quiero cambiar" hicimos las coordinaciones con el director médico del centro de tratamiento Andenes y esa misma noche inicie mi programa de recuperación.
Para mí esos 28 días fueron como un curso intensivo de especialización para LA VIDA. Hoy tengo paz y serenidad. He recuperado el cariño de mis seres queridos. Me he incorporado nuevamente a la especie humana. Creo que soy una mejor persona practicando los principios que me enseñaron en Andenes y no dejo de asistir a mis reuniones de consejería grupal y a los grupos de apoyo."
Asistí y me gustó. Fui unas cuantas veces pero después mi padre enfermó y deje de ir; no había tocado fondo. Al poco tiempo el falleció y comencé a beber. Fueron 45 días de espanto, parecía que me quería autodestruir hasta que un día estando con mi hermano le dije: "Estoy harto de esto, quiero cambiar" hicimos las coordinaciones con el director médico del centro de tratamiento Andenes y esa misma noche inicie mi programa de recuperación.
Para mí esos 28 días fueron como un curso intensivo de especialización para LA VIDA. Hoy tengo paz y serenidad. He recuperado el cariño de mis seres queridos. Me he incorporado nuevamente a la especie humana. Creo que soy una mejor persona practicando los principios que me enseñaron en Andenes y no dejo de asistir a mis reuniones de consejería grupal y a los grupos de apoyo."
* La persona que hizo este testimonio prefiere mantener su nombre completo en reserva.
María Del Carmen: soy alcohólica, adicta a la cocaína, marihuana y emociones. He consumido por 45 años.
Empecé a los 16 años tomando con mis amigas del colegio. Luego probé la marihuana, y después llegó la cocaína, con la que me enganché. El consumo fue progresivo hasta que se convirtió en descontrolado. Me casé con alguien que también consumía, y lo hacíamos juntos, aunque yo en mayores dosis.
Pasé por un tratamiento con un psiquiatra muy renombrado que me recetó pastillas prohibidas en U. S. A. que me causaron una neuritis (inflamación a los nervios periféricos) muy grave. Luego estuve internada en el hospital Larco Herrera porque seguía consumiendo. También estuve en una comunidad por varios meses donde me volví adicta a las pastillas, e incluso tuve que usar pañal. Mi vida era un desastre, con mis hijas, con mi esposo y con mis nietos.
Finalmente llegué a Andenes y gracias al doctor Felipe Koechlin en 3 semanas dejé las pastillas y los pañales. Gracias a la ayuda de Andenes pude rehacer mi vida, y ahora soy una mujer feliz con mis hijas, mis nietos, y mi esposo está siguiendo un programa de recuperación.
* La persona que hizo este testimonio prefiere mantener su nombre en reserva.
Finalmente llegué a Andenes y gracias al doctor Felipe Koechlin en 3 semanas dejé las pastillas y los pañales. Gracias a la ayuda de Andenes pude rehacer mi vida, y ahora soy una mujer feliz con mis hijas, mis nietos, y mi esposo está siguiendo un programa de recuperación.
* La persona que hizo este testimonio prefiere mantener su nombre en reserva.
Gladys: soy jugadora compulsiva. Yo hasta los 48 años de edad creía que en mi vida todo iba bien inclusive iba a los casinos y no jugaba, no fumaba, tomaba poco, y era una mujer hogareña y trabajadora. De pronto entré a un casino sola, y comencé a jugar. Empecé a jugar para distraerme, para llenar mis días. Iba al casino aunque ni siquiera me gustaba. Lo más irónico es que al principio era yo la que les prestaba plata a mis amigas, me sentaba y miraba como jugaban.
Después empecé a ir sola, el tiempo se me pasaba volando. Me desconectaba de todo y sentía que me estaba regalando una distracción que me merecía. El ludópata no va al casino a ganar. Cuando gana sigue jugando hasta perder y cuando pierde sigue jugando para recuperar.
Entrar al casino era como llegar a la meta. Decía que estaba en misa, que me iba a rezar el rosario, que estaba con alguna amiga. Descuidé a mi esposo, a mis hijos y a lo más preciado que me había regalado la vida: mi nieto. Salía del casino con el alma en el suelo y los bolsillos vacíos. Llegaba a mi casa avergonzada y me tomaba hasta 20 pastillas de clonazepan.
Me olvidaba de recoger a mi nieto en el colegio, se quedaba llorando esperándome. Inventaba que me habían asaltado con pistola. Decía que necesitaba comprar medicamentos para mi madre enferma. Vendí mi carro. Pedía plata prestada. Me endeudaba con tiendas comerciales.
Cuando sentí que había tocado fondo porque no tenía ni un centavo, le confesé a mi esposo que era jugadora. En 4 años había dilapidado los ahorros de 35 años de nuestra vida. Yo era la que manejaba la economía del hogar así que él no podía sospechar que, en esos años de inconsciencia, había conseguido dejar a mi familia en la total bancarrota. Me jugué todo nuestro dinero. Mi hija tuvo que empezar a pagar nuestras deudas y a mantenernos. Perdí la confianza y el respeto de todos mis seres queridos.
Entrar al casino era como llegar a la meta. Decía que estaba en misa, que me iba a rezar el rosario, que estaba con alguna amiga. Descuidé a mi esposo, a mis hijos y a lo más preciado que me había regalado la vida: mi nieto. Salía del casino con el alma en el suelo y los bolsillos vacíos. Llegaba a mi casa avergonzada y me tomaba hasta 20 pastillas de clonazepan.
Me olvidaba de recoger a mi nieto en el colegio, se quedaba llorando esperándome. Inventaba que me habían asaltado con pistola. Decía que necesitaba comprar medicamentos para mi madre enferma. Vendí mi carro. Pedía plata prestada. Me endeudaba con tiendas comerciales.
Cuando sentí que había tocado fondo porque no tenía ni un centavo, le confesé a mi esposo que era jugadora. En 4 años había dilapidado los ahorros de 35 años de nuestra vida. Yo era la que manejaba la economía del hogar así que él no podía sospechar que, en esos años de inconsciencia, había conseguido dejar a mi familia en la total bancarrota. Me jugué todo nuestro dinero. Mi hija tuvo que empezar a pagar nuestras deudas y a mantenernos. Perdí la confianza y el respeto de todos mis seres queridos.
Después de haber pasado por muchos tratamientos psiquiátricos, psicológicos, y comunidades, gracias a Dios pude llegar a Andenes, dónde pude recién entender qué es lo que me estaba pasando. Aquí cambió mi vida y ahora estoy aprendiendo a vivir diferente, a ver la vida de otra manera, y a vivir sin apegos.
* La persona que hizo este testimonio prefiere mantener su nombre en reserva.
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